Injusto y cruel a más no poder
March 24, 2009Hay festejos en que el público se olvida de que no es esa la ocasión para juzgar la actuación de un torero y que el acontecimiento que va a presenciar se ha montado exclusivamente para rendir homenaje de simpatía y cariño, independientemente del resultado de la corrida, a un diestro que a lo largo de su carrera ha causado admiración y que ha creído llegado el momento de decir adiós a su profesión.
Esto es lo que no tuvo en cuenta el público que el 1º de junio del año 1893 acudió a presenciar la despedida en Madrid del famoso “Lagartijo”. Fué tal el interés que despertó éste acontecimiento que, al celebrarse el mismo día la festividad de El Corpus y coincidir la procesión con la hora de comienzo de la corrida, se solicitó a las autoridades eclesiásticas que en lugar de llevarse a cabo por la tarde, como era costumbre, se verificara en horario de mañana; el obispo don José María de Cos accedió a la solicitud con el fín de no perjudicar a la gente que tenía previsto asistir a la plaza.
Los toros a lidiar pertenecían al duque de Veragua y “Lagartijo” fué el encargado de matar los seis. La tarde le fué totalmente adversa, los toros tampoco le ayudaron, y en ningún momento pudo apuntar algún detalle de su arte personalísimo, ese que tantas tardes a lo largo de su carrera hizo enaltecer a los públicos.
Los aficionados que asistieron a la corrida se sintieron desfraudados y engañados, -no tuvieron en cuenta los cincuenta y dos años de Rafael ni el motivo del festejo-, y las cañas de un principio de transformaron en lanzas dándose el bochornoso espectáculo de tener que salir protegido por la fuerza pública al abandonar la plaza con el fín de librarle de las iras del público. Se olvidaron de que dicho festejo se montó para rendirle homenaje en su última comparecencia en el coso en el que durante veintisiete años no faltó a la cita desplegando tarde a tarde su sabiduría y su arte.
¡Qué amargura debió sentir el señor Molina al comprobar la fragilidad de memoria de los aficionados, su impulso irascible e injusta actitud!.
¡Qué vergüenza ajena sentirían aquellos aficionados que no secundaron ese comportamiento ayuno de sensibilidad de la gran masa!.
Sin alejarnos tanto en el tiempo, ¿verdad que usted, maestro Gregorio Sánchez, debió sentir algo parecido cuando mató en solitario esa corrida de Aleas con la que se despedía del público de Madrid?. ¡Ni siquiera permitieron que su hijo le cortase la coleta!.
¡Qué voluble y frágil es la mente humana!.





