Antonio Bienvenida, haciendo historia
September 6, 2009Se había organizado para esa tarde una novillada con reses de Antonio Pérez Tabernero para el debút en Madrid de Juan Mari, hijo del ganadero, al que le acompañarían Morenito de Talavera y Antonio Bienvenida. Con lleno en los tendidos fueron saliendo por toriles unos novillos que no eran todo lo boyantes que se esperaba de ellos, de poca presencia, sosotes, con poco gas, en definitiva, eran poco propicios para el lucimiento de los toreros. La tarde transcurría sin grandes cosas con las que disfrutar hasta que apareció en el ruedo el quinto de la tarde, normalito de trapío daba la sensación de tener una nube en un ojo, se ponía por delante y cabeceaba.
Carlos de Larra, “Curro Meloja”, se ocupaba por aquel entonces del espacio radiofónico dedicado a los toros que se emitía a través de las ondas de Radio Madrid y en el que relataba a los oyentes la crónica de la corrida celebrada esa tarde en Las Ventas. De qué forma le impactaría lo que vió en el ruedo que no vaciló en antologizar:
” Señores oyentes aficionados a la Fiesta Nacional: no olviden ustedes esta fecha, 18 de septiembre de 1941, día de la purificación y consagración de la Plaza de Toros de Madrid. Nada menos que eso. Porque ésta plaza monumental nuestra …
… y tocaron a matar cuando el astado estaba proboncete y calamocheando. Nadie hacía esperar lo que se avecinaba; pero allí había un torero genial que sin duda sintió en aquel momento el soplo divino de la inspiración y se descaró con el novillo citándole con la muleta en la izquierda y sin desplegarla. Se arrancó el animal y Antoñito le esperó quieto y arrogante y le vació con un soberano cambio a muleta plegada que ahogó la respiración en veintidos mil gargantas. Se revolvió el bicho y el artista avanzó un poco, mostrándole otra vez la muleta sin desplegar y en la izquierda y dejando que el bicho metiera la cabeza para desplegarla entonces lentamente y tirar de ella con el toro embebido en sus vuelos, para bordar un pase natural inmaculado y ligarlo con otro, con otro, con otro y con todos ellos el de pecho, en una armonía de belleza, de plasticidad, de arte genial que sólo ese soplo divino de la inspiración es capaz de crear.
Y el artista miró sonriente hacia el tendido como diciendo: ¿os ha gustado?. Pues ahora veréis y repitió la incomparable serie desde el cambio a muleta plegada hasta el de pecho; todo igual, con la misma armonía y la misma belleza y la misma grandeza, pero aún más cerca del toro, pisándole más terreno y llevándole más embebido en los vuelos de la muleta prodigiosa. …
Y de nuevo la inconmensurable hazaña. ¡Qué emoción, qué belleza, qué cuadro de arte más acabado y más excelso!. La esencia misma del toreo con todas las depuraciones de la más exquisita selección.
Y luego la alegría y el adorno pinturero y valeroso y la demostración artística más acabada de la grandeza que puede adquirir el arte del toreo. El público, roto, asombrado, entusiasmado, pidió la oreja antes de entrar a matar. Entró el artista derecho como una vela empitonándole el animal sin consecuencias. Volvió a la carga y pinchó otra vez en lo alto y luego colocó media ladeada, alargando el brazo con habilidad. Veintidos mil pañuelos flamearon mientras otras tantas gargantas, rotas por la emoción, querían en vano gritar su entusiasmo, pero el presidente no concedió la oreja. ¿Por qué amigo Caruncho?. Si el público le pedía como le pedía y es el soberano en ésto, que no está taxativo en el reglamento, debiste concederla; pero es igual. Aquello quedó allí. Mientras Antoñito daba dos, tres vueltas al ruedo, sonriente, pálido, yo sentí una honda emoción pensando que este artista de casta de toreros acababa de escribir la primera página brillante de la historia de la plaza de Madrid, que hasta ahora no la tenía.
Porque lo que ha hecho Antoñito Bienvenida hoy, 18 de septiembre de 1941, ya no podrán ustedes olvidar esta fecha, salta todos los límites del estilo antiguo y del estilo moderno, está por encima de todos los estilos, porque ha sido una cosa sin estilo conocido, algo de creador, algo tan personal, algo tan espontáneo que acaso no pueda repetirse y que sólo puede hacerse con olvido de todas las normas y al impulso del soplo divino de una inspiración excelsa. …
… ¡Salve Antoñito Bienvenida!. ¡Salve Plaza de Toros de Madrid!. Hoy has comenzado a tener historia.”
Fué tal el entusiasmo del público que poco importó que no cortase ningún trofeo, le sacaron de la plaza en hombros y así en volandas se lo llevaron hasta su domicilio; ¡y eso que no pillaba tan cerquita!.
Mientras transcribía la crónica de Curro Meloja no he podido quitarme de la mente la faena que en esta misma plaza realizó Morante de la Puebla el 21 de mayo de éste año durante la feria de San Isidro al cuarto de la tarde, de nombre “Alboroto”, de la ganadería de Juan Pedro Domecq.
¿Hubiese sido pecado el hecho de haberle sacado en hombros?. ¡Claro que no!.





