Con estas lineas no pretendo comparar a unos con otros sino simplemente reflejar las diferencias, que sí las hay, en la forma de comportarse y de actuar.
Los alumnos de las escuelas taurinas son de por sí unos privilegiados porque, al margen de las enseñanzas de tipo educativo y cultural que reciben, tienen la oportunidad de aprender la técnica necesaria con la que enfrentarse al toro.
Son mimados por sus profesores que los tratan con cariño y paciencia, todos ellos buenos profesionales, y en consecuencia, al cabo de un tiempo están en condiciones para poder iniciar el camino con que hacer realidad sus ilusiones. Algunos lo conseguirán y otros, desgraciadamente, no.
Lo que sí se puede observar, en gran parte de ellos, es que se portan en sus principios como si de un profesional curtido se tratase. Da la sensación de que les falta afición y parece que están de vuelta en esto y “no echan el resto” para triunfar a costa de lo que sea. Se justifican de una mala actuación diciendo que el toro no valía y se quedan tan tranquilos. Les falta ambición y emplean la técnica aprendida para salir indemnes, sin más. Se adocenan esperando el toro de carril y no aportan nada nuevo al toreo, no entusiasman, son vulgares y aburren.
Por haber tenido unos comienzos trillados de dificultades no saben valorar la cantidad de sacrificios y sinsabores que se han ahorrado hasta conseguir lo que han aprendido. Como han grabado en sus mentes un toro más o menos toreable y de parecidas características, cuando les sale el complicado de verdad andan a la deriva, les faltan recursos, no están preparados y, lo que es peor, no saben. Esto se adquiere con una afición y entrega que a ellos les falta. No aman a su profesión y parece que el motivo de haberla elegido no es otro que el beneficiarse de ella todo lo que puedan en el menor tiempo posible. Así les va.
Muy distinta era la trayectoria de los ” maletillas ” hasta que conseguían vestirse de luces. Su aprendizaje lo hacían de pueblo en pueblo, de capea en capea y, con algo de suerte, algunos lograban dar unos lances en algunas ganaderías los días de tienta. Su diario era una continua supervivencia en todos los sentidos. A pesar de sus penurias transmitían vida y ambición en todo cuanto hacían ante los morlacos con que se enfrentaban, que por supuesto no eran becerros. Eran autodidactas y competían entre ellos con ganas, ilusión y muchísimo arrojo a pesar de no conocer lo más basico del toreo. No les importaban las múltiples volteretas que se llevaban ni los disgustos serios que a veces tenían y siempre seguían con mayores ganas, pues la única verdad que tenían era el toro.
Estaban orgullosos cuando eran tenidos en cuenta porque necesitaban verse considerados por el público que asistía a las capeas. No se achicaban por nada y perseguían y buscaban sin desmayo su sueño. Podrían torear con mayor o menor lucidez, pero ponían el corazón en todo cuanto hacían.
Por supuesto que no todos alcanzaban su sueño, pero aquellos que lo conseguían se entregaban cuando les llegaba su turno y no les importaba que les cogiera el toro. Se levantaban y seguían, tenían amor propio. Lo importante para ellos era su entrega y no defraudar ni hacer el ridículo, lo demás ya vendría en el supuesto de que fuesen los elegidos.