Lamentablemente estamos viendo como un día sí y otro también los espectadores de ésta plaza se ven ninguneados y convertidos en reos de los caprichos de unos señores que supuestamente deben de ocuparse en velar por el orden y la buena marcha del espectáculo que les han encomendado dirigir y llevarlo a buen puerto. Ignoramos cual es el prisma y el baremo que usan para valorar lo que ocurre en el ruedo, de lo que estamos seguro es que nada tienen que ver con los empleados por todos los demás.
Si lo que pretenden es dar a ésta plaza la categoría de dura en lo concerniente a la concesión de trofeos van por el camino equivocado, a fé que lo que van a conseguir es que la lleguen a catalogar de injusta, que no es lo mismo. Están actuando en contra de la razón y pasando de la afición. ¡Difícil el digerirlo!.
Devuelto el primero de la tarde fué sustituído por el sobrero de Salvador Domécq, hermano de los anunciados en la corrida, que empujó de firme en el caballo y galopaba. Sin humillar pasaba sin celo e ignorando el engaño salía siempre con la cara alta. Por el izquierdo embestía menos peor y El Juli solo pudo darle medios pases a base de provocar la arrancada. Mérito tuvo pudiendo sacar un par de tandas algo más lucidas ya que en ningún momento se medio entregó el toro. Saludó desde el tercio al finiquitarlo de una estocada.
Sin apenas fuerza apareció el cuarto que se quedaba corto y reponía. Nada sustancioso pudo sacar por el derecho ya el animal embestía sin celo y cabeceaba al final de los muletazos. Algo parecido le ocurrió al echarse el engaño a la zurda pues el insulso vulgarote se quedaba corto y rebrincaba. Cuando se aburrió de probar lo tumbó de una entera.
Con dos largas cambiada de rodillas saludó El Fandi al primero de su lote, espectacular y sobrado en banderillas y sin ningún problema con los terrenos. Aunque el animal humillaba le costaba arrancar y sin recorrido se quedaba corto. Por el izquierdo no terminaba de pasar y reponía rápido dando arreones. Dispuesto y a falta de otras cosas le dió por mostrar su desparpajo ante el toro. Tres pinchazos y una entera habilidosa pusieron fín a una faena en la que en honor a la verdad estuvo por encima del morlaco.
Con unas verónicas y unas chicuelinas rematadas con las dos rodillas en tierra saludó El Fandi al quinto, con chicuelinas galleadas lo llevó al caballo. Un portento de facultades con las banderillas en las que se ajustó más en los embroques. Expuso en este toro que sin clase ni recorrido embestía a brinquitos y cabeceaba a la salida de los pases, seguía la muleta a su antojo. Una buena tanda por la derecha tirando con temple fué lo más lucido que logró sacar. Valiente y arrimándose tuvo que poner todo de su parte para poder confeccionar una faena que resultó larga y que “enfandiló” a la concurrencia que le solicitó los trofeos tras una estocada algo tendida. Una le concedió el presidente que dolido por el exceso se dedicó a lo suyo.
Echando la muleta por delante y tirando bien del toro comenzó la faena Manzanares al tercero de la tarde que sin clase y sin entregarse le costaba humillar, buenas tandas en las que le dejaba el engaño en la cara para poder ligar. A punto de ser cogido al echarse la muleta a la zurda ya que por ese pitón le hacía hilo y se vencía cuando menos se lo esperaba. Volvió a la diestra y con seguridad y firmeza volvió a tirar del animal con temple en tandas cortitas. Después de un pinchazo y una entera se le pidió la oreja, escuchó una fuerte ovación.
Apareció en el ruedo el sexto y Manzanares no esperó para empezar a deleitarnos con toreo del bueno. Daba igual una mano que otra, alli estaba él para convencer hasta al más escéptico. Muletazos suaves con calidad y temple, largos, desmayados, con gusto, parsimoniosos, cargando la suerte, cogiendo al toro por delante para llevarlo hasta atrás, redondos tan ligados que los convertía en circulares, de pecho que honraban su nombre, trincherazos de cartel, ayudados con enjundia, en fín, que nos hizo paladear el toreo de verdad en una grandísima faena hecha a un buen toro. Media estocada algo tendida y el delirio en los tendidos. De nuevo apareció la sapiencia en el palco y sólo le concedieron un apéndice y a regañadientes.
Al final del festejo y mientras se escuchaba una estrenduosa bronca dedicada al palco pudimos observar como el presidente, muy serio, tenía la cara compungida al comprobar el nulo conocimiento taurino de los asistentes a la corrida, una panda de domingueros ineptos, pensaría.
En fín, que no se preocupe que poquito a poquito irán aprendiendo.